El golpe de la puerta al cerrarse, el correr del agua en la ducha, las agrias voces del marido y los gritos de los niños en el patio, no aventuraban nada bueno.
Esta mañana, la paloma ya no estaba allí, ni rastro. El afán purificador de la mujer del primero arrasó con todo: las pinzas, el cadáver escuálido y atormentado, las canicas, el espejo…