ibiza.jpgNo hay nadie en la planta, solo una pareja que ya sube las escaleras. Las llaves tintinean en mis dedos. Vuelvo otra vez la cabeza, nadie aparece. Me encamino al ascensor, los nervios aceleran mi palpitar: ¡que tarde, ya no llego¡. Acelero. Al torcer mi bolsa marrón roza el faro trasero izquierdo del Ibiza. Ya estoy a su lado. Mira que limpito, que brillante, sin una rozadura, con su San Cristóbal en el salpicadero. Claro, con ese invento de la una rueda. Mi pie golpea con furia la rueda trasera izquierda.

-¡Gilipollas¡, por atravesado y tozudo, por espiarme cuando aparco, mascullo entre dientes.

-¿Me habrá visto alguien?, me digo temerosa e inquieta.

Aguzo la vista y el oído, otra mirada a la planta, vuelvo la cabeza de nuevo: no hay ni rata, nada, el vacío. Agarro con fuerza la llave del coche, todavía en mi mano, y desde la cerradura de la puerta del conductor comienzo a trazar una línea sin fin, profunda e intensa, como un castigo divino. Ahora sé que ya no puedo parar. Mi zarpa clavada en la chapa fría, en el gris humo del capó, rasgando ese pedazo de alma cutre, estéril y miserable. Mi garra prosigue su camino en el lateral derecho, trazo un surco árido y seco, ruin como la mezquindad, repleto de humillación. Mi pezuña cargada de mortal veneno se hunde sin piedad en ese trasero odiado y visto hasta la saciedad; la retuerzo con rabia en el vidrio lateral izquierdo, un último grito final escapa, un chirriar que hace apretar con fuerza los dientes.

-¿Te duele?, pregunto.

Nada, solo silencio. Guardo mis llaves, sacudo la melena con satisfacción, y con un aire de desdén decidido enfilo mis “farrutx” de charol negro hacia el ascensor.