Ella esperaba su turno en la carnicería. Ya faltaba poco, solo quedaban cuatro, el sesenta y cinco, rojo, impar parpadeó en ese maldito trasto electrónico que como un dios zalamero tomaba sus elegidos; ahora la rubia del jersey verde, antes el calvito con el foulard de cachemir.

Como un golpe de mar sintió un aliento jadeante en la nuca. Un olor salobre y penetrante la envolvió. Aquel mar húmedo, cercano y masculino no la dejaba en paz. Se volvió, un tipo moreno de mirada oscura y lejana agitaba su número.

Ella dio un paso atrás, su nalga rozó aquella verga caprichosa escondida bajo el vaquero de Armani. Insistió. El tipo no se resistía. Allí seguía meneando su número: él era el siguiente.