Estoy fregando la loza acumulada en el fregadero, oigo el tintineo de las llaves en la cerradura. Ahí está, ¡ella que vuelve! ¡Uff! la temo. Escucho sus pasos cansinos. En el quicio de la puerta la silueta derrotada de mi sombra me mira con ojeras de varias noches, arañazos en los brazos y un par de moratones, y su piel blanca cetrina gastada después del sobeteo nocturno. Nada nuevo. Sin embargo sus ojos brillantes la delatan: sí, ha saboreado con fruición el deseo...

—¡Hola! no aguanto más, me voy a dormir. Te dejo una entrada para Elliot Murphy.

No puedo preguntar, ni asentir, ni reñir, esta imagen me paraliza y hace enmudecer. La dejo marchar, no quiero saber nada, no quiero detalles, ni confidencias, ni cotilleos, un silencio opaco entre el fregadero y la puerta. Mi sombra nos dejó plantadas como quién baja a por tabaco y ahora vuelve para cuidarse los golpes, recordar y soñar en la cuna.
Aunque la petarda usó su colonia, su precioso abrigo fucsia y sus pendientes pulpo, y yo he devorado su correspondencia amorosa, si se entera nos cuelga.