Vuelve a intentarlo, ahora acerca su cabeza  a la copa  del dry martini y con su nariz de ingenua bordea el filo de la copa. La mujer de blanco aspira con fuerza, de un trago inútil; los aromas  del  Noilly Prat  se resisten,  ocultos, atrapados entre un hielo que rueda cañerías abajo. Tan sólo el olor lejano  y ardiente del hombre de azul le habla con claridad.  La mujer apoya sus pies con firmeza en la barra metálica del taburete y con un ligero impulso  yergue las contorneadas caderas  y  estira  el escueto vestido de alpaca, en un inútil intento por evitar que sus broceadas  piernas se conviertan en el único abrazo de la mirada del hombre de azul.  

              Tourne-toi               
               Non
               Contre moi...

El hombre de azul apenas  ha articulado dos conversaciones pero ha empinado  tres  margaritas en cinco sorbos, y sus ojos de escualo enredado han  encontrado  la  presa ansiada.  Anclado a aquellos pies largos de dedos proporcionados, felices entre las tiras de piel de las sandalias negras, estremece el deseo en un vaivén de trapecio.                 

               Et danse
           la décadanse…


La melodía de susurros cadenciosos oculta  el tic-tac del reloj cromado.  La mujer siente  calor..., más calor;  un infierno sellado a punto de explotar colma de espanto su cabeza.
—Sí comer algo me vendría bien,  sí volver al principio, empezar. Sí desayunar estaría bien, me sacaría de este cuerpo enroscado y cabeza tambaleante.
Una red de manos invisibles aprisionan los pies de la mujer,  una caricia  en la mirada estrecha el cerco del hombre que desea.   

                    Reste là derrière  moi,
                    balance
                    la décadanse
                    Que tes mains frôlent mes seins et mon cœur qui est le tien…


El hombre levanta ya sin prisas el que sabe su último margarita, como un tigre aúlla recordando la luna  lastimera en la noche lejana. Afuera la lluvia moja el ocaso y un  lacónico olor a hierba mojada acaba de colarse entre las rendijas de la puerta giratoria. Los pies inmóviles de la mujer de blanco mecen su alma  perdida como el ingenuo deshoja la margarita.  Los pies de cielo abierto lo engullen  entre el espanto y la belleza de los recuerdos malditos.  La mujer  encorva los dedos del pie derecho con gesto hastiado  y agita el meñique adormecido por melodiosa voz de la Birkin.  El hombre la mira a los ojos con rostro  de dios  extraviado,  y  en fugaz gesto atrevido se lanza sobre el pie derecho, con impacto contundente y dientes de tiburón arranca los dedos del pie. Atrás queda un muñón y una víctima aterida  descalza ante la barra del bar. 
 
                       La décadanse
                      A bercé nos corps blasés  et nos âmes égarées...
 
 Y  "Lo demás es silencio"  y nieve temprana.