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Aquí estoy sentada en la bañera de mi casita, con el agua hasta las orejas, bien caliente, en plan geiser islandés mientras que La soledad de las parejas, de Dorothy Parker, borbotea entre mis dedos; y un arrullo de hogaza de pan recién salido del horno se apoltrona entre las piernas. "Soltó unas risitas alegres, el tipo de risa que destinaba a los tés, las ceremonias de boda y las cenas formales".

Dejar la periferia húmeda y volver a la neblinosa meseta helada exige un baño limpieza que me despioje los musgos pertrechados entre los pliegues de las arrugas; también requiere aplicar una triple dosis de tapaporos, con el aceite de bergamota bien cargado, que me aísle en las noches bajo la escarcha. "La joven sentada en el sofá le miró como si lo hiciera a través de hielo transparente".

Dorothy Parker es mi última pasión, nada de hombres, sólo ella, tan sólo ella, esta ácida neoyorkina que murió en un hotel de Manhattan acompañada de su perro viejo y una botella de ginebra. "No puedo soportarlo. He perdido toda mi fuerza de voluntad… quizá la sirvienta la encontrará en el suelo por la mañana".

Sí, nada de "don juanes" de provincias que no tienen ni mañas, ni encantos para seducir a las ingenuas que traquetean sus lustrosas caderas por los empedrados de la cuesta de Sancti Spiritus. "Era un hombre apuesto de veras, modelado para que le asediaran. Su voz era íntima como el susurro de las sábanas y no escatimaba sus besos".

La música de Josh Rouse y Death Cab For Cutie –últimas recomendaciones de mi amigo "el estanquero" pero nada nuevo bajo el sol— resbala por los azulejos rosáceos del baño, y el teclear apresurado de Lapetarda en sus chateos a deshora con los contactos del match.com —¡qué mujer, ésta!, horas y horas en sus portales de contactos— me alejan definitivamente de la costa atlántica. "Por desgracia, las amapolas, esas flores tan adecuadas para el olvido, predominaban en el dibujo de la tela".

Una vez más, compruebo que mis zapatos rosas están vacíos: los Reyes Magos han pasado de largo. Nada, tan sólo polvo de carbón entre lass hebillas plateadas mis pequeños "chúpame la punta". "Siempre había llorado con facilidad y con frecuencia. Sin embargo, a pesar de los años de práctica, no lo hacía bien".