Ellas son la madre de todas las rubias, son las rubias XL, ya sean altas y fuertes o tamaño chatito, de brillantes ojos claros que apenas se vislumbran medio ocultos entre las cejas y los carrillos. El centelleo de cera de su piel, que delata la grasa latente bajo los poros, contrasta con el tono marmóreo de las rubias gélidas. Simpáticas y ocurrentes, contentas en sus redondeces, de mente ágil y rápida, y lengua afilada, consiguen dejarte patitieso entre sonrisas, guiños de ojos, y un bocado de melón.

Trinidad Ibarra era una rubia oronda y alegre, que cuidaba su lacia melena noche y día sin descanso. Todos sus útiles y herramientas campaban a su anchas por el baño y las afueras: el champú de camomila, la crema suavizante, el peine de carey, la hidratante,la mascarilla, el cepillo de púas metálicas y el de diario. Entre sus cuidados cotidianos practicaba el cepillado y aireado nocturno unas cien veces, mínimo,con la música de Génesis enredada por los rincones de la casa.

Trinidad era una experta cocinera que conocía los secretos trucos familiares para alimentar a la tropa de famélicos, que nos sentábamos a su mesa, con tan sólo medio paquete de espaguetis y un tomate. Aún en los momentos de escasez tipo racionamiento —ni siquiera patatas en la despensa— no faltaba el mantel de algodón en la mesa, rescatado de las sobras del ajuar familiar. Llegaba con la olla, la dejaba al lado de su plato y con ritual de misa de boda nos servía uno por uno, con el cucharón enjaezado en el brazo derecho y un sonrisa complaciente en la mano izquierda. Después de mucho insistir, me enseñó a preparar bonito con arroz —mi plato estrella—, pero a la hora de la verdad nunca me dejaba cocinar, con gesto de diosa de los fogones y voz de pastel de crema, me decía: “Deja que ya, lo hago yo..., tú friegas”. Sin opción, ante sabiduría culinaria de tal calibre, me labré una larga carrera de friega platos en los pisos que compartimos esta rubia y yo.

A Trinidad, le gustaba halagar y dar de comer a los hombres. Seduce con la buena mesa: el mantel y las servilletas siempre a punto, los tenedores y cuchillos en su sitio, los vasos de cristal sin manchitas, el pan de horno. Y ellos..., ellos no quedaban nunca con hambre.