Tres petirrojos en línea sobre la tapia del patio de luces me observan con la cabeza bien alta. Llevan varios minutos entregados a husmear tratando de desvelar mi intimidad. Sin pudor alguno y maneras de avezados tertulianos televisivos, comentan con gorjeos de sabelotodo lo sucios que tengo los cristales, que me estoy pasando con el tabaco... Y el que tiene pintas amarillas en la cabeza y la cola, apostilla con aire decidido adelantando una patita delgaducha y deslucida: “¡Anda que ya era hora de que lavase! Lleva seis días sin poner la lavadora.”

Con rapidez acabo de tender la última camiseta, corro la cortina amarilla y les vigilo atenta con mi cámara esperando un paso en falso.

“...y el espectáculo consiste, sobre todas las cosas, en poder asistir a la otra intimidad. La intimidad del otro como correlato de aquella verdad mejor guardada. La degustación de lo secreto en cuanto sustancia todavía sin adulterar”.