Mi canción favorita de Loquillo era: “Yo para ser feliz quiero un camión, llevar el pecho tatuado..., a las chicas meter mano...“, que tiene un toque canalla-truck que me pone. Y de aquella suspiraba por sus largos, largos huesos, por su gesto de: “Nena, no me toques...”, por sus americanas y sus pantalones pitillo, por sus maneras de fumador con savoir faire, y por aquel modo de agarrar la cebolla del micrófono con fuerza y desgana, con tal ímpetu y que parecía dispuesto a clavársela hasta la garganta —¡que sexy, por dios!—, y todo esto mientras cantaba aquello de “Pégate a mí...”. Toda esa concentración de chulería cantarina, me seducía, no podía evitarlo —de aquella eran mi perdición los tipos distantes, que miraban de soslayo y seguían su camino, eso sí a paso lento para dejarse hacer “En las calles de Madrid”—, y yo quería caer en los brazos de una rock and roll star, mudarme a “Barcelona ciudad”, y enloquecer con “Chanel, cocaína y Don Perignon”.

Aunque no llego al grado de fan suprema de mi Lanzarote que ya nos dejó bien clarito en El Adelanto que él no se perdía el concierto de Loquillo —la verdad, no deja de sorprenderme este hombre—, pero no fue o no lo vi para su desgracia y tranquilidad de su señora; estaba dispuesta a bailar el “Rock suave” pegada a su trasero. El que no faltó fue mi querido estanquero, allí estaba en primera fila con su flequillo ladeado enfundado en su pantalón de cuero ajustado de mediados de los 80, ¡todavía le caben!

Esa noche Loquillo no cantó ni “Quiero un camión”, ni “Madrid”—otra de mis favoritas—, pero sigue tan chulo como siempre, con las americanas en su sitio y el pantalón bien plantado, y unas tablas que dan para todo un concierto. La verdad, todo hay que decirlo, el niño envejece bien... Una pena, ahora que ya no bebo los vientos por los chulangas. C’est la vie.