En la rueda de prensa post-ferium mi Lanzarote estaba exultante de gozo, aunque lo veo más grueso, va a tener que cuidarse o lo presiento envejecer aún peor: las calles abarrotadas, participación de público a manadas contra las que no pudo ni Eolo, ni el fresco reinante, los espectáculos de calle: un éxito. Claro que no me preguntó.

Querido Darco: fue el año que menos fiestas me he tragado. Por haches o bes, más bien por los último —estaba en pleno descubrimiento de casetas en la plaza de Colón— y luego por haches, no vi ni un espectáculo de Etnohelmántica, tan solo dos canciones de Eliades Ochoa que me supo a poco para echarme un bailesito. Las casetas, la verdad, acabaron empachándome con tanta sobredosis de olor a carne requemada con aceite perrero por todas las esquinas.

Y lo que más me interesaba, la Crakow Klezmer Band, que figuraba en los avances de la programación, al final no ha tocado para mi desconsuelo. Un polski me los había recomendado con pasión, augurando un buen concierto de magníficos y jóvenes músicos. Así que me he quedado escuchar su homenaje a Bruno Schultz, con canciones de John Zorn.

Lo más desternillante de las ferias, la cena en Tormento con mi amigo el rubio, que desayuna en Plutón, rodeados de chicas que despedían su soltería —había cuatro futuras ex dispuestas a calzarse el velo ya mismo—, y de una travesti de madrileña con un desparpajo castizo tan grande como la barriga, que no paraba de meterse con las novias y todas las demás, y ellas tan contentas... ¿¡?, que cantaba –en play back, se entiende- aquello de "Será maravilloso, viajar hasta Mallorca..." con unos leggins de leopardo y un plataformón dignos de las drag neoyorquinas de los 70. En fin, espectáculo de boda sin hombres apenas en las mesas.

Eso por la noche, y a la mañana siguiente me cruzo con una fornida avanzadilla de la Scottish Army con falda de franela y sombrero de piel de mamut, la British Airways Pipe Band, que me provocan tal sofoco que no paro de abanicarme y estoy tentada de llamar a los bomberos para que los refresquen. Seis rúas más abajo me topo con los campestres y jóvenes mozos de la Fanfare Celeste, Les Enjoliveurs, más fresquitos y musicales con aires de jazz y menos raciales, o folk en políticamente correcto, que hicieron temblequear los pies a una afrancesada como yo.