Después de las lluvias de la semana, cuando ya lo creía todo perdido ha vuelto a hacer calor, y trato de aprovechar los últimos días de verano. Los pies sin esfuerzo, ligeros y menudos, me llevan a la ribera del Tormes, a lado del Casino. Muy cerca del falso muelle sobre el río, tumbada sobre un césped poco esponjoso y con los juncos a modo de biombos entre el agua y yo, apuro uno de los últimos cigarrillos que me quedan. Como se notan los días..., son las ocho y media, casi de noche. Las luces del puente de hierro estrechan las farolas en un último abrazo de despedida. Una rata asoma el hocico entre los juncos, calada hasta los huesos se recuesta a lomos de un bote de coca-cola y observa con curiosidad mis alpargatas rojas. Detrás de una bolsa de cheetos aparece con paso corto y desparpajo de paseo de domingo una rata de pelo negro reteñido colgada del brazo de un murciélago escuchimizado y ojos achispados. Las amigas se acercan y saludan con el rabo en alto.
—¡Anda!..., pero que novio más feo tienes —le larga al primer golpe la rata ociosa.
—Sí, pero es piloto —le responde engatusada la rata enamorada.
Del respingo, la rata ociosa me clava el morro envidioso en el empeine de la alpargata roja de ira.