Un hombre tranquilo, buen ciudadano, muere degollado en su pisito del extrarradio. Las uñas de la cigüeña se clavan en la torre de la iglesia mientras su pico acerado teje un nido primavera. Otro hombre ofuscado recorre los campos de la tierra de Alba, escopeta en ristre sacude disparos sin mediar palabra. El viento del oeste arremolina las gotas de lluvia entre los pesares de los hombres tranquilos.