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Esta madrugada un temblor de ráfaga sacude mi cama. Me despierto y el móvil tiembla excitado a los pies de mi cama, las pequeñas garitas de escayola blanca me saludan con titubeos. Cuatro pardales resguardados en el alfeizar de la ventana piaban desconsolados temerosos de la noche cerrada. “Otro terremoto, esta vez más cerca. La tierra se agita”, pienso sin mucho interés, con las legañas pegadas a los ojos. Media vuelta, estiro el camisón, y me agarró al osito dormilón. Tres segundos más tarde una nueva sacudida más fuerte estremece mis hombros y una voz afilada me grita al oído:

—Buenos días perezosa. Que estás hecha un gandul. Pero que te crees... ¡Zángana!..., más de quince días sin pegar palo al agua, sin escribir ni una frase, ni una cita en la agenda. ¿Pero qué te has creído, niña!

Misombra ha saltado del altillo del armario y me arrea capirotazos sin compasión. “Por favor déjame dormir, todavía es noche. Es muy temprano, ni tan siquiera tengo los dedos puestos”. Balbuceo con desidia.

—¡Pendón! Todo el día entre parientes, novios, tumbona, amigos, comidas, libros... Menuda vaga. Hasta aquí hemos llegado.

¡Qué hace otra vez aquí! Por dios que se marche no soporto su olor a cerrado y ese griterío de loca desenjaulada.