La madrugada era inquieta y delgada, a las siete menos cinco tocan a misa en la iglesia de María Mediadora. Los estorninos despiertan libertinos, revueltos en sus refugios improvisados en los árboles del paseo y en las antenas de Telefónica. Por las aceras mojadas y vacías ni un alma acude a la llamada eclesiástica, ni un paso resuena en la calle de La Esperanza.

A las siete y veinte una sirena ulula impaciente en la calle sin semáforos. Ahora los estorninos pían excitados y temerosos, gritan alocados desde sus guaridas nocturnas, despiertan a madrugadores y remolones. La mujer cereza revuelve el café y toma aliento en su cocina de azulejos salmón, otra vuelta más a la cucharilla. “¿Será un centauro, la diosa Merytseguer o una sirena?”. Sin embargo no logra imaginar el embrión híbrido creado de una célula humana y un óvulo animal.

En el atardecer caluroso, entre cantos de sirenas, semáforos en rojo, pasos agitados y el sonido de los cauchos contra el asfalto recalentado, los trinos de los estorninos saben a madrugada.