Esta tarde el cielo se ha vuelto gris, cuánto más gris, más abrasador. Me he sentado en el balcón a esperar, con el estómago encogido y la cabeza saturada de latidos quisquillosos. Un estornino de alas dulces se estrella contra el cristal de la ventana de enfrente; el primer trueno de la tormenta oculta el gemido del golpe; desnucado, se estampa sobre la acera. Los relámpagos tersan mi estómago, el olor a tierra mojada apaga el hervor neuronal. La lluvia lava los dedos de mis manos. El día se descuelga por el canalón de la fachada.