He vuelto calada hasta los huesos. Los calcetines negros empapados han teñido los dedos de los pies de azul oscuro casi negro. Las gotas de lluvia resbalan por el cabello hasta los hombros. Los cuatro pelos del flequillo han resistido la ventolera inmóviles, pegados a la frente como lapas. No. Es mentira, no he vuelto calada. No llueve. Apenas llueve últimamente. Lo último cuatro gotas avaras y desnutridas. Hace años volvía empapada de la cabeza a los pies, los pantalones de pana pegados a los muslos, los zapatos encharcados, el paraguas con las varillas rotas. Ahora, el pelo ondulado y brillante, repleto de ausencias, añora la lluvia a cántaros. A cambio, tengo el mismo paraguas desde hace seis años.