Es domingo. El termómetro de Caja Rural marca 16 grados a las dos de la tarde. Un domingo de febrero silencioso. Las puertas del balcón están abiertas y desde la calle llegan los gritos de un hombre alargado y enjuto, con patillas grises y tez morena.

—¡Zorra! Qué te piensas que no me entero... ¿Qué hacías por Bordadores? ¿A ver qué hacías?

Un taconeo crepita sobre la acera. Una mujer morena brillante grita a los cuatro vientos.
—¿Y tú...? ¿Tú, que hacías por allí? ¿No, trabajabas hoy? Pues en la calle no se trabaja, digo yo.
—No me has contestado, ¡zorra! ¿A ver..., qué hacías en esa calle?
—Nada, venía de la farmacia. ¿Y tú, cabrón? Mucho preguntar... ¿Qué hacías en la esquina? Allí, sólo, esperando. Esperando... ¿A quién esperabas, eh?

Los tacones han dejado de sonar. Las voces se esconden tras el quiosco de la esquina. En mi balcón, Elvis canta Suspicious minds.

“Estamos atrapados en una trampa
No puedo marcharme
Porque te amo demasiado, nena.

¿Por qué no puedes ver
lo que me estás haciendo
cuando no crees una sola palabra que digo?

No podemos seguir juntos
Con una mentalidad suspicaz
Y no podemos construir nuestros sueños
sobre pensamientos desconfiados.

Si un viejo amigo que conozco
pasa a saludarme
¿Aún veré desconfianza en tus ojos?

Aquí vamos otra vez
Preguntando dónde he estado.

No puedes ver que estas lágrimas son reales.
Estoy llorando

No podemos seguir juntos
Con una mentalidad suspicaz
Y no podemos construir nuestros sueños
Sobre pensamientos desconfiados

¡Oh! Deja que nuestro amor sobreviva
O seca las lágrimas de tus ojos
No dejemos morir una cosa buena.

Cuando, nena, tú sabes
Nunca te he mentido.
Mmmmmm yeah, yeah”