—Siempre quise a Mercedes —apuntilló decidido el hombre que estaba sentado en la mesa de la derecha, casi a mi lado. Su voz era clara y fresca como la mañana. Su voz y sus palabras afilaron mi curiosidad y mi oído tratando de no perder ripio de la confesión que se avecinaba. Sola, ante un café con bollo las conclusiones llegaron en bandeja: compañeros de banco, o agencia tributaria, zurrándose café y copa antes de desentrañar la crisis de divorcio que se avecina. La tal Mercedes que lo ha plantado.

—La recuerdo desde siempre, desde el colegio, en el instituto, en la universidad y sin embargo no recuerdo haberme declarado. Ya sabes, esas cosas que se le decían a las chicas antes de nada ¿quieres salir conmigo? ¿nos hacemos novios? o lo que fuese. Me recuerdo con ella desde siempre, solos, con amigos... ¿Y ahora? —suspiró con ímpetu y desazón.

—Ya, ya, te entiendo —respondió el amigo de traje azul y corbata roja, con gesto austero y pausa de café de media mañana. De reojo, pude ver una mano huesuda que se adelantaba y trincaba un sorbo de chupito.

—No sé si puedes hacerte una idea. Lo tuyo con Pauline fue diferente, una coincidencia, tiene un punto claro de inflexión antes de Pauline, después de Pauline. No es lo mismo... Yo no tengo ese punto, ese momento “ahí empezó todo”. No puedo recordar el primer día que la vi, por más que lo he intentado. Nada, imposible. Desde siempre aparece en mis recuerdos. No recuerdo ninguna otra niña, ni amiga, ni novia, ni mujer que me importase.

—Ya, te creo, te creo... —el amigo arquea las cejas a lo Zapatero y con una ligerísima mueca le da a entender que estoy cegada por el reality que se traen entre manos.

El hombre de la voz de enero, ha templado la lengua, se siente a gusto, y vuelve a comenzar su historia, ahora con voz lejana de agosto.

—Recuerdo cosas sueltas, en el colegio, en la plaza de Los Bandos..., la recuerdo en la primera comunión de mi prima Rebe...

Desconexión. A pesar de fijar la mirada en la vela de mi mesa, no puedo escuchar las confesiones del hombre. Disimulo escudriñando con atención el cuadro de esa mujer en traje de época —¿seguro que alguna vez lo han visto? Mucho tirabuzón y mirada satinada—, pero el hombre continua su parlamento con voz de confesionario. La verdad, no sé qué piensan pero tales dosis de filosofías amatorias a las once y pico de la mañana no auguraban nada bueno. A la hora del café no está uno para escuchar “Sentido y sensibilidad” versión siglo XXI, por mucho que se esté poniendo ciego a chupitos en La Regenta. Si hubiesen visto la cara del amigo estarían totalmente de acuerdo conmigo, sus retahílas de “yayas” lo delataban.

Una joven pelirroja y pelo ensortijado llamó la atención de los amigos desde la ventana. Entró como un tifón con su abrigo negro y sonriente. Besó en los labios a nuestro hombre.

—Lo siento, cariño, no pude escaparme antes. —El hombre le quitó el abrigo, le colocó la silla a su lado y le agarró la mano.

—Isabel, ¿cómo has tardado tanto? Pensaba que no vendrías, cariño. ¿Qué quieres tomar? ¿Un café? ——Le pregunta con voz de tenor nuestro hombre.