El gitano vaga por su cueva con las tristezas corriendo por el pasillo. A fuerza de noches, ha logrado seducirlas un poquillo, y que tomen el sol en la terraza. Cuando ya les cante, saltarán por la ventana.

Una noche de luna llena, el gitano encontró la tristeza azul tirada en el suelo. Su cabeza había rodado pasillo abajo. Lágrimas de sangre señalaban el rumbo de aquel naufragio. La tomó en brazos. Secó sus lágrimas y la sentó sobre sus rodillas. Ella cerró los ojos y se acurrucó en su regazo. Sin corazón, le cantó todos aquellos deseos que él mantenía amaestrados.

El gitano envolvió la cabeza azul y plantó su tristeza en la maceta blanca. Ahora, sueña despierto un corazón, que haga crecer su amor bajo un cielo gris de lluvia perezosa.

"No. Es mejor comerse el corazón primero. Así no se siente tanto el frío, ni el dolor.

Cuando no se tiene corazón, no hay por qué contenerse. Se puede mirar a la muerte sin temblor. Es el corazón el que nos traiciona, el que nos hace llorar, el que nos hace enterrar a nuestros amigos cuando deberíamos seguir adelante.
Es el corazón el que nos pone enfermos por la noche y nos hace odiarnos a nosotros mismos. Es el corazón el que canta viejas canciones, el que nos trae recuerdos de días cálidos, el que nos hace vacilar ante otra milla que hay que recorrer, ante otro pueblo humeante.

Para sobrevivir al invierno bajo cero y aquella guerra, hicimos una pira con nuestros corazones y lo dejamos a un lado para siempre. No hay casas de empeños para el corazón. No se le puede llevar allí, dejarlo envuelto en un trapo limpio y rescatarlo cuando vengan tiempos mejores.

Cuando se está ante la muerte, deja de tener sentido la pasión por la vida; hay que abandonar la pasión. Sólo así se puede sobrevivir."

La Pasión. Jeannette Winterson.