Lemi Ponifasio inauguró el IV Festival de las Artes. No se qué le habrá parecido a mi Lanzarote, que estaba hecho un pincel en su palco de honor, con su bigotillo recién peinado. Aplaudir aplaudió —que no le quité ojo— con seriedad y discreción como se tercia en la autoridad, pero no sé yo, no sé...

Mis compañeras de filas y una, que somos discretas señoritas de provincias, nos levantamos hechas un ovillo de dudas. La pregunta de la salida era: ¿A ti, esto que te parece que era? Y de ahí respuestas mil: la creación, el fin del mundo, el eterno opresores-oprimidos, la lucha del bien y del mal.

Todo tiene su explicación, queridos niños: acababamos de salir de un hora y media de no-palabras, nada de melodías musicales, la música más en la onda ruido, y gritos, muchos gritos desgarradores –hay que ver como se desgañitaba la muchacha-. Y claro, tras tanta oscuridad, las luces todavía no alumbran.

El programa cuenta que Ponifasio en Tempest II se inspira en la geografía de la obra Shakespeare y en el pensamiento del filósofo contemporáneo Giorgio Agamben para mostrarnos un diálogo reivindicativo de los derechos humanos. La verdad, lo de la geografía de Shakespeare así, sin texto, se me escapa, la filosofía de Agamben la desconozco, tan sólo los parias avasallados eran realmente evidentes y turbadores.

Lo mejor, los actores: su dominio del cuerpo, su plasticidad; las entradas de los señores de negro y los sonidos al hacer chocar sus manos contra el cuerpo. (La verdad, me acordé de Valle-Inclán).