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“!!Ayyyyy golosona!!” Éstas fueron sus últimas palabras. Desde entonces, silencio. Nada, ni un reproche, ni un consejo, ni ... Nada, ni una proposición indecente, siquiera. ¡Ni una despedida!

Un día llegó y dijo: “Nunca vieron los tiempos unos labios de faraón como los de Yul Briner.”, así de claro sentenció. De esto hace más de dos años. Mas tarde, se encaprichó con la alfombra de bolitas de colores. Por él me enteré que a Milanzarote le llamaban “Nanín” en el colegio. Se ofreció a hacerme la compra en el mercado central. Es fan de las pelirrojas con pelo ensortijado, y me importaba un pimiento. Ahí estaba él en los momentos en que a una le da por regarse con pesares: “Recupere el azul en su escritura, y el sabor de lima verde, verde, de sus adjetivos deje el gris para Pañerías Fernández.”

Los primeros días lo echaba de menos. Todos los días buscaba en el post de turno, esperaba uno de sus comentarios, sin éxito.

A los veinte días, comencé a preocuparme: ¿Le habrá pasado algo? ¿Estará enfermo gravísimo? ¿Me habrá dejado por otra? ¿He dicho algo inconveniente? La palabras me traicionan, salen de mis labios sin tan siquiera pedirme permiso.

A saudade se apoderaba de mí cada vez que abría el blog. Recordaba sus palabras cuando desaparecía por esos mundos de dios: “Sepa que mi corazón y lo que queda de mí, le guardamos la ausencia.”

Ahora, que han pasado cincuenta y nueve días desde su desaparición estoy fatalmente preocupada, lo peor no deja de rondarme por la cabeza.
Sí, Toisaras, querido, misombra, mi corazón y yo le guardamos ausencias. Pero, por dios, ¿dónde está? Diga algo. Haga algo, no sé..., una señal del cielo, un recado, una postal, una carta de amor, un ay, un miau...

(Misombra promete ser buena, y yo... “¡yo no sé qué te diera por... !")