En el TRD a Madrid me entretuve en releer unos relatos de Pitol, y ni tan siquiera me di cuenta que ella se había sentado frente a mí, al otro lado de la mesa. El olor a caniche mimado y madurita madrecanes logró distraerme de los vaivenes temporales de Nocturno de Bujara. Subió en Ávila con su bolsa porta-canes y un bolsazo. La mujer era menuda, de pelo corto, blanco y encrespado, y pantalones de cuero marrones. Con disimulo, mirando hacía mí a través del parpado, como si fuese a liarse un porro, rebuscó varios minutos en aquel pozo de los deseos -como para encontrar nada en ese pozo- hasta encontrar una toallita de manos que con primor extiende sobre su regazo. Entreabrió la bolsa y como si de un mago se tratase sacó un yorkshire terrier -yorkie para los amigos- con abriguito verde pistacho, y lo acomodó en la toallita con las patas traseras dobladas y las delanteras estiradas, en pose de otear el horizonte.

No podía dar crédito ¿estamos en el mes del perro? ¿son señales del destino? En apenas dos días los canes y sus dueñas me persiguen. ¿Tiene algún sentido oculto? En el viejo tren de Varsovia a Cracovia, al estilo de nuestro tradicional tren expreso nocturno Madrid-Galicia, una mujer mas ruda, más matrona y mal encarada me sorprendió con la misma operación, otro yorkie en el regazo sobre una toallita más raída y descolorida. El perro de la polaca -kalish o algo así, no era precisamente el tipo adecuado para aquella sargento-, la toalla y la miss desparramaban un hedor pises que amenazaba mi integridad durante las próximas tres horas ruta en aquel departamento cargado de olores y viajeros, con ventana y puertas cerradas. No me quedé quieta, en mi inglés más fino y académico pregunté si podía abrir la ventana, ante el silencio abrí antes que el mareo me trincase. Miss Polski ordenó al viajero taciturno y éste la cerró sin rechistar . Al rato entró el revisor, ni se inmuto ante la presencia del perrito. Mi última esperanza esfumada. Ya sólo me queda el bar o el pasillo. El perfume canino y a rancia pudiero con mis normas de viajera prevenida, abandoné la maleta a su suerte y pasé el resto del viaje en el bar-restaurante al abrigo de los aromas de la comida que se engullían dos japoneses.

El yorkie ladeaba la cabeza, rebullía pizpireto atento a las palabritas de la seño. Me escondí entre las callejuelas de Bujara temiendo respirar. Media hora más tarde apareció el revisor. “Señora no puede llevar el perro aquí, tiene que meterlo en la bolsa“. La mujer se hacía la remolona. “Mira lo que dice el señor, jeje”. Mi querido revisor no se movía. No tuvo más remedio que guardar a yorkie en la bolsa. “Le decíamos, por ejemplo, que al anochecer el aleteo y el graznido de los cuervos lograba enloquecer a los viajeros…”