Holly dice que los perritos acaban pareciéndose a sus dueños -nena!, por dios no te compres esa mezcolanza de perro y cerdito, eso no le sienta bien a nadie-, y me he acordado de mis amigas las súper-ejecutivas, que trabajan 24 horas, y de su perrazo de pedigrí que pasa los días en un estrés permanente: ora jugar con el hueso, ora carrera por el pasillo, ora saludos en el balcón, ora lamer las pretty ballerinas de sus amas, ora hincar el diente a los chucho-chuches, ora sesión de peluquería, y tras una jornada maratoniana cae rendido a los pies de mis superchicas, agotado, sin ánimo para carantoñas, juegos y placeres varios, sofronizado con la tele.

Desde entonces, todo estos días en mis paseos de siesta, cada vez que veo un can con su paseante trato de buscar el parecido. Hay mujeres escuetas con perritos de juguete, hippies de pachulí -el perfil de hippie no está completo sin el chucho de marras, lo he verificado- con perros pulgosos, familias de fin de semana con perros guardianes, solitarios paseantes con canes ensimismados, adolescentes a la última con perros de trapo. Pero lo más de lo más son las juveniles fashion que pasean su ardilla, hurón o algo parecido, amarrada a la correa por los jardines de la Avda. de Salamanca. Hoy me toca sacar a mi lulú inexistente (que tiene su avatar, faltaría mas): “Tras ella corría un blanco lulú. Después, varias veces al día, se la encontraba en el parque y en los jardincillos públicos. Paseaba sola, llevaba siempre la misma boina y se acompañaba del blanco lulú. Nadie sabía quién era y todos la llamaban la dama del perrito”.