Supongo que estos tiempos de mascarillas, aislamientos en hoteles, miradas temerosas cada vez que escuchamos hablar con acento mejicano, me han recordado al libro de Camus, La Peste, de todas aquellas ratas que poco a poco fueron tomando las calles de Orán, de las pesadillas y la mezcla de asco y temor que me produjo a mis quince años.

"La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de la habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. En el primer momento no hizo más que apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse."

Rebusqué entre las cajas de libros y allí encontré el viejo libro traducido por Rosa Chacel, nada menos!, con mi nombre en la primera página, las hojas subrayadas y llenas de anotaciones y referencias a las páginas del libro en francés que les correspondían -sí, lo confieso, niños, lo compré para zafarme de las traducciones-. No conservo el original en francés, que era una versión reducida, pero recuerdo perfectamente su portada: un dibujo antiguo de un médico de la peste con sombrero de ala ancha, gafas y máscara con una nariz enorme en forma de pico de pájaro.

He vuelto a leerlo, y creo que, ahora, lo que más me impresiona son las descripciones de la ciudad. En el libro confinan a los infectados en campos de futbol: "Todos los que Tarrou observaba tenían miradas errantes, todos parecían sufrir de la separación de aquello que constituye su vida. Y como no podían pensar siempre en la muerte, no pensaban en nada. Estaban vacantes. "Pero lo peor -escribía Tarrou-es que están olvidados y lo saben. Los que los conocen los han olvidado porque piensan en otra cosa y esto es comprensible. Los que los quieren los han olvidado también porque tienen que ocuparse... Y en fin de cuentas, uno ve que nadie es capaz de pensar realmente en nadie, ni siquiera durante la mayor de las desgracias."