El sol de marzo deslumbra tras los ventanales. Los escasos clientes del café rehúyen mirar afuera, encararse al día. A nuestros ojos adormecidos les cuesta acostumbrarse a la claridad después de este oscuro invierno. En la mesa cercana a la puerta de entrada una nórdica larguirucha de pies grandes, ojos verde esmeralda y manos jabonosas se pone las gafas de sol y clava su mirada en la plaza.

Me gustan los cafés de medio pelo con paredes de color indefinido: un tostado que fue blanco salpicado de manchas de refrescos, café o vermouth, y olores apelmazados, incrustados en las grietas de las paredes. Me gustan los que están en el centro. Además de los habituales de negocios y oficinas cercanas recalan los despistados, turistas y paseantes de la zona. Una curiosa mezcla de lo cotidiano y lo extraño.

La nórdica despliega el periódico, mis ojos de avispa revolotean perezosos por la página, entre sus dedos oblicuos una noticia: "El último barómetro del CIS conocido el jueves hacía sonar todas las alarmas. La clase política se consolida como el tercer problema para los españoles, sólo superado por el paro y la marcha de la economía, pero por delante del terrorismo y la inmigración. Nuestros políticos han pasado en solo dos años de ser la séptima preocupación a ocupar el tercer escalón del podio de las desgracias".

Revuelvo los posos del café. Busco las gafas de sol en el bolsillo del abrigo, las dejo encima de la mesa, estiro una sonrisa de domingo, fijo la mirada en los cipreses y la olvido entre los bancos de la plaza.