Como si alguno de los dioses allá arriba se hubiese despertado de un mal sueño dispuesto a amargarnos la semana, hubiese balbuceado entre dientes: “Ya está bien de otoño modosito y soleado”, sin pensarlo dos veces abrió la espita del bóreas helador. Y todos en la ciudad con las chaquetas y brazos cruzados, cara de susto y ojos de haber tenido un mal sueño.