The Black Man se agarró a la barra metálica del vagón y estrechó con fuerza la cartera de piel entre sus piernas. El tren 245 de Central Line arrancó con una sacudida brusca de la estación de Nothing Hill Gate, los pocos viajeros del vagón se asieron con rapidez a lo que tenían a mano tratando de dominar el miedo que encendió rabiosamente sus ojos. Echó una visual a su alrededor y desde luego había menos gente que un mes atrás. A esas horas de comienzo de jornada, y camino de la city el metro debería estar atestado de esa mezcla variopinta de ejecutivos y trabajadores, y turistas madrugadores camino del Metropolitan.

Desde los últimos atentados un olor a miedo recorría los pasillos y estaciones del metro, era denso y penetrante con un resto de pólvora hiriente y atenazadora. Volvió a sentirlo ahora, en este vagón. Con inquietud revolvió la mirada y esa primera ojeada no le devolvió ningún sospechoso con mochila. La joven de la izquierda lo miró con los ojos abiertos como si también ella sintiese ese olor del encendió. Sí, sus ojos preguntaban qué pasa, frotó las manos impaciente y las escondió bajo el bolso de girasoles. Las jóvenes francesas del fondo reían y jugueteaban con sus móviles haciéndose fotos, ajenas al ambiente crepuscular que invadía a los usuarios habituales.

Los primeros atentados del 7 de julio conmocionaron Londres, y bajar al metro no fue fácil, todos aceleraban el paso y escondían la cabeza como si una lluvia finita y menuda los estuviese quemando. Pero los atentados de la semana pasada aguzaron el pánico, y los vagones y pasillos viajaban solos, el metro estaba prácticamente a la mitad. En todas las líneas, en todas las estaciones, la tensión, la tristeza y la inseguridad se mezclaban. La desconfianza recorría los túneles, y los viajeros sospechaban de cualquier paquistaní, de las mochilas o, simplemente, de los hombres morenos.