No es fácil seducir a una dura-mimosa. Sí, seducción era lo que necesitaba Misombra después de la rabieta que montó cuando nos fuimos a la playa adejeña. Las duras-mimosas necesitan cuidados especiales: una no puede atacar con toda la artillería de carantoñas y lindeces, a lo cubano; sus gritos ahogarían hasta los nenúfares. Es una tarea ardua, para mentes bien equipadas y equilibradas, y con suficiente capacidad de planificación estratégica.

Le dejamos el regalo canario —un precioso atrapasueños— colgado de su ventana, sin esperar las gracias, ni cualquier comentario casual. Así fue, mutismo. Pocos días más tarde, colocamos sus bombones favoritos entre los cactus del salón —desde aquella convertidos en su nido—. A los dos días la caja de los Godiva estaba vacía, con arañazos en la tapa, y sus ojillos brillaban de placer sensual.
Aquel tufo a rencor rancio que cortaba el resuello al entrar en casa, se lo tragó con el chocolate. La mañana de los helicópteros, su pensamiento traspasó mi mente, y antes de que pudiese darme cuenta la voz de Jim Morrison le ayudaba a extirpar los pinchos que infestaban sus escuálidos miembros. Entre ayes canturreaba: “This is the end... the end, my only friend”. Comprendí el mensaje: el principio del fin; ahora dejarla hacer con calma, y sobre todo tener siempre a mano el guante de terciopelo rojo.

El viernes cocinó berenjenas con pasta. El sábado la invité al teatro —se desternilló de risa con el “Colon en la barraca” de los Corsario— y se achispó con el Ribera del Duero.

De madrugada, al entrar a oscuras en el portal, me confiesa: “Niña, te llamó el de Murcia hace semanas, pero le dije: Ella ya no vive aquí”. Casi la pisoteo y la estrujo, me pongo el guante de terciopelo, abro el buzón, y tan sólo le susurro: “Ah..., pues al móvil no ha llamado...”. Siento su mano húmeda y temblorosa entre mis dedos.