Se está bien en provincias, lo reconozco, a pesar de mis pataleos y despertares melancólicos. Los días trascurren sin sobresaltos y previsibles: los plátanos de Indias sin hojas y con las ramas de lunares blancos; mi querido Lanzarote ha limpiado, una vez más, el medallón del Caudillo —esto ya tranquiliza, nos reconcilia con el devenir navideño—; este año toca arbolito en la plaza Mayor con grandes bolas rojas y unos lazos “palabra de honor” que quitan el hipo. Los Villancicos son la única actividad cultural que programa la señora Labrador —alias la moños—. Ya me lo dijo el moreno rapado a la salida del concierto Joachim Kühn: “¡Ala!, a partir de ahora villancicos”. ¡Qué razón tenía el angelito!

Sí, se está bien, lo repito. Sin embargo, de vez en cuando necesito largarme, perderla de vista, alejarme de todas las piedras y volver de noche, más bien tarde, entrar por la carretera de Madrid, y descubrir entre el vacío de la noche la catedral, luminosa y fría, aislada y nítida. Observar desde la otra orilla el perfil de Salamanca. Observar: sí, todo está bien... El Tormes transcurre, todo fluye y el “arte sucede”.