Uno de mis recursos para no pasarme el invierno encerrada al calorcito de la lumbre es el teatro. Ayer, con mi atrezzo de princesa de la estepa rusa, después de cenarme un abisinio, y con los labios salpicados de azúcar, me acerqué al liceo para ver la “exitosa” obra de José María Pou, de la que sólo sabía que era "muy divertida, aunque con una temática muy seria: la confusa naturaleza del amor" —con lo que seguía confusa, la verdad, menos mal que me queda mi intuición—. La cabra o ¿Quién es Sylvia? es una obrita de teatro convencional, con sus tres actos y sin efectos especiales que, aderezada con unas raspas de teatro del absurdo, baña en comedida un tronquito de tragedia sentimental cruda y disparatada. Es provocadora; palabras ágiles y despiertas, diálogos cínicos y agudos, te atrapan poco a poco; envuelve en carcajadas la crueldad y el veneno que esconde. Es una historia de amor y cuernos, de un amor “fou”, de ese amor ciego que arrasa con todo, es la historia de amor de Martín y Sylvia. De una Sylvia, que sólo alcanzamos a ver en la última escena, maltrecha y dolorida víctima de una venganza doméstica. Muy diferente de la Silvia de “muslos bruñidos, unos muslos livianos y definidos al mismo tiempo como el estilo de Francis Ponge [...] el fuego le desnudaba las piernas y el perfil, adiviné una nariz fina y ansiosa, unos labios de estatua arcaica [...] Sentí que si alguna cosa deseaba saber en ese momento era Silvia, saberla de cerca y sin los prestigios del fuego, devolverla a una probable mediocridad de muchachita tímida o confirmar esa silueta demasiado hermosa y viva como para quedarse en mero espectáculo”, de mi querido Cortázar, que he recordado en esta mañana de sol lejano y flechas de hielo.
Y, por supuesto, me he acordado de la pequeña Silvia de ojos grandes y pies pequeños.

Ahora, el lunes, toca la apoteosis del Carmina Burana que después de ver los carteles me temo un circo o una mascletá con tanta pirotecnia.