Eran las doce y media de la noche. El termómetro terco como los números no bajaba de los 30. Las terrazas al borde de la bandera de España estaban repletas de matrimonios silenciosos, niños inagotables y amigas ruidosas.

—Ya está bien. No quiero que vengas por el bar. —Le masculló en la cara el camarero al hombre que acababa de sentarse en la mesa de al lado. El hombre le contestó con un susurro tembloroso, agitó el hielo de su copa y bebió un trago largo.

—¡Pero qué dices, hombre, qué dices! Si estás borracho. Te he dicho que no quiero que vengas por aquí.

El camarero lo dejó a lado, siguió su ruta. El hombre de pelo gris y ojos rezagados volvió a por otro sorbo, se perdió entre los chorros de la fuente, siguió bebiendo con avidez cansada.

Diez minutos más tarde, el camarero volvió a las andadas. El termómetro con los 30 a cuestas.

—No quiero que vengas por aquí. No es la primera vez que te lo digo, que no tenga que volver a repetírtelo. —El hombre de pelo gris musitó entre dientes palabras sueltas, muy despacio, sin prisa como la noche de luna y calor.— Te lo he dicho más de 100 veces no vuelvas por aquí. ¿Queda claro?

Nuestro hombre tomó otro trago callado, los ojos pegados a la bandera de la plaza. En las mesas de alrededor los hielos tintineaban chispeantes, y las palabras se confundían con los suspiros de verano. Nuestro hombre fue a por el último trago de la madrugada sudorosa. Dejó el vaso sobre la mesa despacio. Cansado, cantó bajito: It’s wonderful, it’s wonderful, I dream of you... chips, chips.. du-du-du-du... Via, via, vieni via con me, entrea in questo amore buio... Una brisa madrugadora sopló desde la Gran Vía. El termómetro de la calle marcaba los 28. Brincó la bandera. Comienza a refrescar.