De pie frente a la ventana con las manos apoyadas en el alfeizar de la ventana, miro la calle. Es de noche, la luna menguante parpadea entre los nubarrones. Las obras han levantado las calles de cuajo. Una carnicería, el abre y cierra zanjas de los últimos meses –ocho veces!—. Sin farolas, sin aceras, montones de barro, vallas metálicas que aislan la acera derecha de la acera izquierda, máquinas, tubos de politileno, sumideros, válvulas de paso, y el silencio. Una voz interior me dice que tiene su gracia: dos meses sin coches, ni tan siquiera el camión que recogía la basura y apenas caminantes. Los peatones evitan bajar por este campo de batalla, con sus trincheras de nunca acabar, sus tropas que lustran con calma la artillería pesada, y en el que tan sólo faltan los gemidos y blasfemias de los moribundos, de los heridos, aunque, tal vez, ya tengamos alguna baja en esta charribosnia del plan E.
La vecina del cuartel apaga la luz.
Me siento ante el ordenador con el propósito de escribir una carta. Mis dedos me traicionan: “Toda una vida para abrir una zanja”, parpadea en la pantalla.