Ana Bolena va camino del patíbulo, y se cierra el culebrón de los Tudor con la cándida Jane Seymour al borde del tálamo y su familia dispuesta a hacer las américas. Pero antes de eso, este domingo llevamos al polaco al Mercado Medieval instalado en la plaza de la Concordia, una tórrida explanada en la trasera del Corte Inglés flanqueada por edificios cubistas de piedra y cristal. Entrar en el mercado con la calorina del mediodía, y encontrarse con varias filas de tendillas con pendones y escudos sobre la planicie arisca encerrada entre los edificios nos trastocó las escuchimizadas neuronas. Era como si la máquina del tiempo se hubiese vuelto loca y los correligionarios de Guillermo Tell -Toisaras dixit- se hubiesen instalado en la plaza mayor de Cabrerizos, por ejemplo, en el año 2300. Ni un arbolillo refrescante, ni el puente y el verraco, ni la orilla del Tormes con ecos del ciego y Lazarillo. Por no haber no había ni un mísero castillo de cartón piedra, ni pendones como dios manda. En fin, una sosada achicharrante.

Lady Jane pasea con su majestad en vísperas de su compromiso -con la sangre de la Bolena recién desparramada por el patíbulo- y ya pidiendo: María debe ser nombrada legítima heredera al trono. Le auguro poco futuro, otra pelele de su familia. La sombra del emperador es alargada y yo sin corpiño.