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Emma B. El diario de una chica de provincias

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las invasiones bárbaras

las invasiones bárbaras


"En la mañana del último día de octubre desembarcamos en Túnez.
.../...en aquel país nuevo, nada me atraía fuera de Cartago y algunas ruinas romanas: Timgat, de las cuales me había hablado Octavio, los mosaicos de Susa, y sobre todo el anfiteatro de El Djem, al cual, me proponía acudir sin tardanza. Era preciso llegar en primer término a Susa, y de allí seguir en el coche del correo;
...La diligencia de Sfax sale de Susa a las ocho de la noche, y atraviesa El Djem a la una de la mañana.
.../... Arribamos a El Djem, y no había albergue; en su lugar un horrible bordj. ¿Qué hacer? La diligencia reanudaba su viaje. El poblado estaba dormido; en la noche que parecía inmensa se entreveía vagamente la masa lúgubre de las ruinas; aullaban los perros.
.../... Recorrido en unos instantes, el anfiteatro me decepcionó; incluso me parecía feo bajo ese cielo opaco. Tal vez mi cansancio ayudaba, hacía crecer mi hastío. A mitad del día volvía a él, por falta de otra cosa, buscando en vano alguna inscripción en las piedras.”
El inmoralista. André Gide.

sousse

sousse

El balcón de mi terraza es blanco, opaco, rugoso. En el jardín, al borde de la playa, un ciruelo. La tapia es blanca, las terrazas son blancas. El sol acaba de salir por la esquina del golfo. El mar todavía duerme, azulado, en acompasados suspiros. Suena lejana la plegaria desde el minarete de la mezquita de piedra dorada. Las palmeras aplauden. ¿Y las gaviotas? ¿Dónde están las gaviotas?

llanuras de acero

Era un día pálido, azulado y nervioso. Todavía las diez, la maleta medio vacía y la tercera llamada de la mañana volvía a sonar. Camisas de lino, pantalones de algodón, el salacot y el rifle, las gafas de sol, mi sombrerito de paja, el abanico y la brújula. ¡Ah! imprescindible, la bolsa repleta de monedas si uno viaja al país de los hábiles mercaderes con un zoco en cada aldea.

La tecnología se rebeló en Barajas, y el personal de tierra afiló el lápiz y se ajustó los manguitos antes de comenzar el embarque a mano como treinta años atrás. Con un retraso de horas y un cielo agujereado, la bolsita de dátiles regalo de Tunis Air fue la primera miel del viaje. El viento cálido y salado del mediterráneo retorcía las hojas de las palmeras, mi piel respiraba bajo las estrellas.

“Los árabes comparan a Túnez con un albornoz desplegado, y esta comparación es exacta. La ciudad se extiende en la llanura, ligeramente levantada por las ondulaciones de la tierra, que hacen sobresalir por espacios los bordes de esta gran mancha de casas pálidas de donde surgen las cúpulas de las mezquitas y los campanarios de los minaretes. Apenas si se distingue, apenas si se imagina uno que aquello sean casas, tan compacta, continua y rampante es aquella placa blanca. En torno de ella hay tres lagos que, bajo el durísimo sol de Oriente, brillan como llanuras de acero. Al Norte, a lo lejos, la Sebkra-er-Bouan; al Oeste la Sebkra-Seldjoum, vista por encima de la ciudad; al Sur, el gran lago Bahjira o lago de Túnez; luego, subiendo hasta el Norte, la mar, el golfo profundo, semejante a un lago en su lejano marco de montañas.”

Túnez – Guy de Maupassant

Siglo y medio después, Túnez asombra no por sus casas pálidas sino por las manadas humeantes de coches y por el enjambre de antenas parabólicas que abarrotan las terrazas y cuelgan de sus balcones. De los acerados lagos que la rodeaban ni rastro.