Emma B.El diario de una chica de provincias
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¿dónde habita el olvido?Chocamos al doblar la esquina. Yo voy deprisa con paso de frío y voz encogida, revolviendo en el bolso en busca del móvil que no paraba de sonar. Él también iba deprisa con un paraguas negro tamaño familiar. Enseguida me reconoce. "Hola. Caramba, qué casualidad. ¿Qué es de tu vida? Tantos años sin vernos, ni que viviésemos en ciudades diferentes. ¿Dónde te metes? No te veo por ningún lado. No me digas que no sales. No me lo creo. Ya, ya te tenía yo ganas de pillarte...", dice también deprisa, mientras me observa sin pestañear de los zapatos a las arruguillas de la frente, hasta llegar al fondo de las entretelas. Casi ni puedo respirar después del chaparrón verbal. "Y eso que esto es pequeño..." contesto con mi mejor sonrisa de tarde de ya es jueves a pesar de la lluvia, siento los rayos gamma de sus ojazos azules que me traspasan. Ahora suena su móvil. "Perdona. Es un momento", dice. Aprovecho para largarme con un adiós en la mano. En realidad lo conozco pero no sé de qué, ni cómo, ni cuándo. No nos hemos olvidado. "porque el tiempo duele al pasar. Si pudiera decirte que eras tú: eres tú todavía: tu rostro mirándome sin entender. Si pudiera decirte todo cuanto escondía. Yo sin dejar que mis dedos fuesen delicados y atravesasen el aire para tocar las líneas de tu rostro: la piel del rostro que te contiene. Yo, culpable. Tú, delicada, mirándome sin entender. Yo: tú. Si pudiera contarte toda la pena que escondía, y la ternura, la lástima. Si pudiera contarte que en todo: en nostros: el tiempo." Cementerio de pianos. José Luís Peixoto. improvisaciones
Entre el público una retahíla de jóvenes americanos observan asombrados. Subimos al primer piso, las figuras grises ejecutan su performance en lento viaje, y nosotros tras ellos como persiguiendo el deseo que se nos escapa: una mano en el aire, un hombro que vibra, una rodilla resbala, un pie suspira, la otra mano suplica, la cintura se quiebra, una espalda que vuelve, los ojos ausentes, los muslos invisibles, las cabezas inmóviles. Los flautistas les conducen y nos llevan, el baile del fin del verano. En la puerta del fondo, la mujer de pelo rojo revela: "Yo, entretanto, tejía mi gran tela en las horas del día y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas." y nos invita a entrar en la gran casa de piedra. Los actores esparcen el gris por la sala de lectura frente a las estanterías, encima de la mesa. La muchacha del pelo azabache canta una nana en euskera, una walkiria de ojos azul polar recita en alemán de nieve y una francesa de piel transparente musita a la luz. Papel y bolígrafos caen sobre la mesa, frases para el público. El hombre de voz del fondo de la tierra me deja un papelillo en el bolsillo: "Tu presencia en mi ausencia".Joder!, las dos y media, la pequeña donnadieu me espera en las escaleras de la "ponti" con su gran novedad. -Menudas horas, so pelma! Al fin, dejo la metrópoli. Me voy para la costa. Un rastro de sol se cuela entre los nubarrones, tropieza con las cúpulas de la Clerecía, rebota en la concha ausente y se desliza calle abajo. Está tan lejos la costa. sábado nocheMedianoche. Brisa de escarcha sobre mi ’Beirut’ y el escuálido rosal de mi balcón. Me instalo en la ventana al acecho de las idas y venidas de los ratoncillos noctámbulos. El vecino del bloque de la esquina sale a fumar al balcón. También observa ’Beirut’. Ni un alma. Alguien sube, las planchas metálicas que guardan las trincheras rechinan a saltitos. Una adolescente que vuelve a casa. Los ratoncillos siguen sin aparecer. Es sábado, hay fiestón en las alcantarillas. Misspiernas lleva varios días sin asomarse. La ’reina cotilla’ suspira y cierra la edición. charribosniaRatas! Ahora las ratas pasean a sus anchas entre las vallas, los montículos de tierra y las llaves de paso. Estas últimas noches apacibles de otoño, las ratas surgen como suspiro de las zanjas, corren que se las pelan, corretean entre los pies y vuelven a sus guaridas de alcantarilla. Esto ya parecen Orán, o las calles de NYC en verano. Subo armando un escándalo del trece con la vana ilusión de que no asome el hocico. charribosnia
la siesta![]() Ciel mes pantoufles! espías y barajas nocturnasA las 2:03 no podía seguir leyendo las aventuras del retorcido personaje de Auster en el lejano oeste. Cerré el libro, apagué la luz y eché el cierre. Despierto sudorosa y dispuesta a madrugar, a dejar en la almohada el tropel de sueños de esta noche, tercos olvidados. Miro el reloj, tan sólo ha pasado una hora, son las 3:14 , todavía queda sitio para unos cuántos sueñecitos. Silencio. La luz de la farola me deja ver la silueta de la mujer del cuadro de Hooper. Lee al borde de la cama en una habitación de hotel. Sola. Recuerdo el anuncio en la web no sé qué: "Espía a tu vecinita sin que te vea. Ningún muro podrá frenar tus fantasías. Convierte tu móvil en una cámara espía." Tal vez los vecinos de enfrente se lo están pasando como enanos viéndome dar una vuelta, otra, otra más, decúbito supino, de lado. Me levanto medio mareada y por ver si hay moros en la costa. Nada, los vecinos cerrados a cal y canto tras las persianas. Sin resquicios de luz entre las rendijas. Ni un alma. Los obreros han abierto de nuevo la zanja de la obra de mi calle inexistente, y van... seis. Misspiernas duerme sin bajar la persiana como yo. Tampoco hay luz. Con cámara de andar por casa y espiando desde la terraza familiar un abuelito se hace famoso con la obra de El Corte Inglés. Es lo que tiene la noche, la toma una con algo y se alarga ad infinitum, por lo menos hasta que agarra las neuronas por los cuernos y decide poner orden en el gallinero. Recurro a Cortázar. Abro Octaedro al azar en busca de alguna señal: "Más tarde -la noche giraba despaciosa con su cielo hirviente de estrellas-, otras barajas se mezclaron en el interminable solitario del insomnio. La mañana traería las llamadas telefónicas, los diarios, el escándalo..." Clarea por el este. Lejos, muy lejos. Recordar el concierto de Ara Malikian de anoche todavía me estremece. Son las 7:55, una jauría de pájaros ha comenzado a gorjear. |