Emma B.El diario de una chica de provincias
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mi viernesito querido![]() Gente al sol. Edward Hopper. volando voyPasan de las doce y media. Es viernes pero apenas circulan coches, los peatones caminan deprisa. El viento sopla con fuerza en la avenida y las hojas de las catalpas se arremolinan en el chaflán de la esquina. Parece que han abierto las puertas y el ventarrón de la llanura se cuela sin avisar. Las hojas de arces y plátanos se agitan y ondean entre las banderas de plaza de España. Este césped raquítico y cursi de los jardines de Torres Villarroel se ha cubierto de hojas tostadas y amarillentas de los castaños de indias y las catalpas. Un ráfaga las mece, se revuelven en su lecho y caen dormidas. Otra las zarandea a un lado y otro, y varias despistadas acaban debajo de un BMW blanco. Vuelve otro airón nocturno, húmedo torbellino, una nube de catalpas corre sin mirar atrás, los cielos luminosos de las farolas las esperan. Me gusta este otoño ventoso. ¿dónde habita el olvido?Chocamos al doblar la esquina. Yo voy deprisa con paso de frío y voz encogida, revolviendo en el bolso en busca del móvil que no paraba de sonar. Él también iba deprisa con un paraguas negro tamaño familiar. Enseguida me reconoce. "Hola. Caramba, qué casualidad. ¿Qué es de tu vida? Tantos años sin vernos, ni que viviésemos en ciudades diferentes. ¿Dónde te metes? No te veo por ningún lado. No me digas que no sales. No me lo creo. Ya, ya te tenía yo ganas de pillarte...", dice también deprisa, mientras me observa sin pestañear de los zapatos a las arruguillas de la frente, hasta llegar al fondo de las entretelas. Casi ni puedo respirar después del chaparrón verbal. "Y eso que esto es pequeño..." contesto con mi mejor sonrisa de tarde de ya es jueves a pesar de la lluvia, siento los rayos gamma de sus ojazos azules que me traspasan. Ahora suena su móvil. "Perdona. Es un momento", dice. Aprovecho para largarme con un adiós en la mano. En realidad lo conozco pero no sé de qué, ni cómo, ni cuándo. No nos hemos olvidado. "porque el tiempo duele al pasar. Si pudiera decirte que eras tú: eres tú todavía: tu rostro mirándome sin entender. Si pudiera decirte todo cuanto escondía. Yo sin dejar que mis dedos fuesen delicados y atravesasen el aire para tocar las líneas de tu rostro: la piel del rostro que te contiene. Yo, culpable. Tú, delicada, mirándome sin entender. Yo: tú. Si pudiera contarte toda la pena que escondía, y la ternura, la lástima. Si pudiera contarte que en todo: en nostros: el tiempo." Cementerio de pianos. José Luís Peixoto. improvisaciones
Entre el público una retahíla de jóvenes americanos observan asombrados. Subimos al primer piso, las figuras grises ejecutan su performance en lento viaje, y nosotros tras ellos como persiguiendo el deseo que se nos escapa: una mano en el aire, un hombro que vibra, una rodilla resbala, un pie suspira, la otra mano suplica, la cintura se quiebra, una espalda que vuelve, los ojos ausentes, los muslos invisibles, las cabezas inmóviles. Los flautistas les conducen y nos llevan, el baile del fin del verano. En la puerta del fondo, la mujer de pelo rojo revela: "Yo, entretanto, tejía mi gran tela en las horas del día y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas." y nos invita a entrar en la gran casa de piedra. Los actores esparcen el gris por la sala de lectura frente a las estanterías, encima de la mesa. La muchacha del pelo azabache canta una nana en euskera, una walkiria de ojos azul polar recita en alemán de nieve y una francesa de piel transparente musita a la luz. Papel y bolígrafos caen sobre la mesa, frases para el público. El hombre de voz del fondo de la tierra me deja un papelillo en el bolsillo: "Tu presencia en mi ausencia".Joder!, las dos y media, la pequeña donnadieu me espera en las escaleras de la "ponti" con su gran novedad. -Menudas horas, so pelma! Al fin, dejo la metrópoli. Me voy para la costa. Un rastro de sol se cuela entre los nubarrones, tropieza con las cúpulas de la Clerecía, rebota en la concha ausente y se desliza calle abajo. Está tan lejos la costa. sábado nocheMedianoche. Brisa de escarcha sobre mi ’Beirut’ y el escuálido rosal de mi balcón. Me instalo en la ventana al acecho de las idas y venidas de los ratoncillos noctámbulos. El vecino del bloque de la esquina sale a fumar al balcón. También observa ’Beirut’. Ni un alma. Alguien sube, las planchas metálicas que guardan las trincheras rechinan a saltitos. Una adolescente que vuelve a casa. Los ratoncillos siguen sin aparecer. Es sábado, hay fiestón en las alcantarillas. Misspiernas lleva varios días sin asomarse. La ’reina cotilla’ suspira y cierra la edición. charribosniaRatas! Ahora las ratas pasean a sus anchas entre las vallas, los montículos de tierra y las llaves de paso. Estas últimas noches apacibles de otoño, las ratas surgen como suspiro de las zanjas, corren que se las pelan, corretean entre los pies y vuelven a sus guaridas de alcantarilla. Esto ya parecen Orán, o las calles de NYC en verano. Subo armando un escándalo del trece con la vana ilusión de que no asome el hocico. |