Una noche de luna llena, el gitano encontró la tristeza azul tirada en el suelo, su cabeza había rodado pasillo abajo, lágrimas de sangre señalaban el rumbo de aquel naufragio.
La tomó en brazos, secó sus lágrimas y la sentó en sus rodillas. Ella cerró los ojos, se acurrucó y, sin corazón, le cantó una por una todas esas penas que él mantenía ocultas.