Esperar la entrada a un aparcamiento cuando la hora del cine se me echa encina, me irrita, no lo puedo remediar, me pone a cien. Aquella noche el parking del “Campillo” estaba completo. Ese parpadeo: rojo: completo, verde: libre, enciende un piloto de ansiedad que me revuelve en el asiento buscando algo que hacer. Con la mirada recorro la cola -¡bah¡ no son muchos-, el tierno escaparate de moda infantil de la derecha, la estatua de las niñas saltando a la comba, en la plaza. ¡Qué hortera¡

De pronto, la cola avanza, el Golf rojo toma la curva de acceso a la rampa de entrada y puedo ver al afortunado que ahora espera recoger el ticket; un tipo mayor, pelo casi blanco, de unos sesenta y pico, cara afilada. Curiosa, vuelvo a mirar.

-¡Huy¡, pero si a ese lo conozco, es el vecino, el energúmeno del tercero. Sí, sí, es él, con ese perfil de pájaro carpintero, su cara de mala leche y ese rictus de pocos amigos mirando fijamente la ranura de la máquina.

Qué descanso, desde que se largaron. Se acabaron las broncas y discusiones, los insultos a la mujer, los portazos, y los golpes en mi techo por la música. Qué simbiosis más extraña en ese piso –nunca puede averiguar el parentesco de la rubia con el núcleo duro familiar: el tipo enjuto, la morena y el hijo. ¿Por qué vivieron esos años juntos? Creo que todos los vecinos enseguida nos dimos cuenta de su marcha, se terminaron los gritos en cualquier momento. Desde entonces, la rubia, Manola, es mi vecina favorita, la de los favores, vaya, sobre todo desde que nos vimos en la manifestación contra la guerra de Irak. También la noto más feliz.