El sudor convertido en un río de fuerte olor a testosterona lo tenía totalmente empapado; agarró con alegría la toalla que el entrenador le ofrecía. Iban ganando y aunque el calor era obsesivo y estaba agotado no cedía un milímetro al dolor, sabía que ésta era su oportunidad. No podía creerlo, había conseguido encestar veintitrés tantos en este partido y la victoria ya era suya -la Regency School volvía a ganar la copa-, el mejor tanteo de toda la temporada y con los ojeadores de Harvard en el banquillo. La sonrisa del entrenador se lo confirmó: la beca estaba en el bolsillo. Podría graduarse en Económicas, él un “black man” de los suburbios de Chicago.

Su retina se llenó de colores, rojos, azules, verdes y amarillos, el sonido de un tintineo llegaba lejano, no, ya más cerca, era el tiritar de las botellas que chocaban entre sí. Horas y horas observando el trasteo azaroso de unas botellas contra otras. De las botellas de colores colgadas del manzano del jardín en su casa de Filadelfia Street, botellas azules, rojas, amarillas y ese sonido acristalado y brillante, titilante como las estrellas azuladas de las noches de verano. La voz de su madre llamando para cenar: “Robert, Robert, ven ya está lista... ¿Robert, dónde estás? ¡Robert, ven a cenar!” No podía contestar, no podía levantarse, sólo seguir tumbado, mirando fijamente las botellas de colores.

Poco a poco los cristales se disiparon entre la bruma, el sonido fue alejándose, y entre un mecer de olas y un susurro de viento salobre sintió el sol quemándole los ojos y un calor tenebroso con una peste azufre que le produjo arcadas. Otra vez el olor del miedo, el mismo que esta mañana sintió al bajar las vacías escaleras de West Ruislip. El ruido de los cañones era ensordecedor, uno tras otro descargaron sus bolas de pólvora, más estruendo y más cañonazos contra el bajel español que parecía acercarse demasiado. Las descargas sacudían la goleta. Todos aquellos hombres, mujeres y niños que viajaban hacinados desde el Golfo de Guinea, hervían de pánico. Entre aquel hedor de pólvora sin piedad, viajaba el terror de los secuestrados a golpe de bayoneta por los soldados ingleses.

De nuevo, la luz del sol le deslumbró, la claridad eran tan ardiente que el calor quemaba su piel, un calor desesperado. El sudor bajaba por sus poros y empapaba su camiseta del “Black Power”; hacía calor, y millones de “hermanos” se habían reunido para marchar sobre Washington, para reclamar el fin de la segregación, millones de personas para escuchar a Luther King: “I have a dream...”. Ahí perdió el miedo y decidió que el mundo era suyo.

Un estruendo de volcán encendido rebotó contra las paredes de hormigón, un río de lava asesina corría por los túneles cercanos a la estación de Mile End. En ese segundo infernal su retina se embriagó de imágenes veloces, su pasado, el pasado de sus antepasados y el futuro voló ante sus propios ojos. Un humo de fuego devastó los vagones y el olor a carne requemada, piel curtida y pelo carbonizados selló de muerte los pasillos de la incertidumbre que viajaba por las entrañas de la tierra. Suspiros de fuego estrujaron sus neuronas entre haces de azufre asesino, destilando una última lágrima salada y añeja que hirió de muerte su corazón.