Desde las ocho de la mañana, los helicópteros no han dejado de zumbar como un maldito despertador celeste. Toda la calle es silencio, tan sólo ese ruido de aspas vibrantes que va y viene, que se acerca y aleja como los truenos en la tormenta. Ni coches, ni motos, ni camiones, nada, sólo la chatarra ruidosa que vaga por el cielo de Charri-City.
El perro cateto de la vecina se ha despertado y cada vez que la chatarra voladora se acerca berrea y aúlla en tono de cuasi-lobo. Escondo la cabeza bajo la almohada.

—Joder, si son las ocho de la mañana. ¿Qué maldito gerifalte se mueve a estas horas?
Los ladridos del perro cateto de mi vecina, Orfelia, han despertado a los canes del vecindario y el rottweiler de enfrente saluda desde el balcón al gran pájaro de hélices carnívoras.

—Por Dios, que alguien ponga orden, es fiesta... Ahora que estaba en el mejor de mis sueños: en brazos del hombre maduro.

Otra vuelta, ruedo cama abajo entre los tulipanes rojos del edredón, pensando que tal vez el plumón posea maravillosas cualidades de aislante acústico hasta ahora desconocidas. Cierro los ojos con impulso suplicando que se desplomen y me concentro en el silencio lejano, recordando aquella nube de helicópteros que se desplegaban al son de la cabalgata de las walkirias.

Entre las chispas y ruidos de los helicópteros escucho el crujir de las púas de Misombra entre los cactus; camina sin rumbo entre libros y discos; ella, también, vela en esta mañana de fiesta nacional.

“This is the end, beautiful friend
This is the end, my only friend, the end
.../...
Waiting for the summer rain”

Y la voz de Jim Morrison a todo volumen suena en toda la casa, suena en toda la calle, suena en toda la ciudad, compite con las chatarras rodantes entre unas nubes blancas y el cielo azul.