20060217191708-juzgados.jpg

Entrar un día de diario en los juzgados de la plaza de Colón resulta una extraña mezcla de colorido racial, idiomas y acentos encontrados, pelos atusados sin reparos de gomina, carteras de piel, y zapatos de chúpame la punta y tacón de aguja por centímetro cuadrado que te despierta de un plumazo, aún a las 9 de la madrugada, ante la perentoriedad de los plazos y de los considerandos expuestos a la vista de la audiencia. Entre el aire sahariano del ambiente, un frufrú de togas y vuelillos de encaje en blanco roto, que voltean los pliegues al aire recordando el orden de los alegatos y el chiste fácil que distraiga al testigo inconsistente, comparten baldosilla con un trío de hermanos de pelo al cepillo y melena grasienta que sin abjurar han depositado a desgana las navajas en la primorosa mesita del guardia jurado tras el consabido vaciado de bolsillos. Una vieja gitana de luto riguroso, pelo negro, arrugas tácitas e inmisericordes y ojos prietos, con un pequeño arrullado entre los restos de una toquilla que fue blanca, espera su turno en el banquillo y aconseja a Marifé por el teléfono móvil con desparpajo y por lo bajinis. El hombre del abrigo de pelo de camello con un toque más in que el rancio Loden, al que tan aficionados son en provincias, masculla entre dientes la irrefutabilidad de las pruebas señaladas en los escritos de su defensa mientras tantea con mirada caduca los gestos fácticos del magistrado que con imprudencia emergente abandona el ascensor de la derecha. Delante del ventanal acorazado que nos presagia el pequeño jardín japonés, una mujer de unos cuarenta y tantos, de formas exuberantes y plácida melena rubio botellín, con jersey de canalé ajustado y pantalón de chándal rojo gira sus muñecas ab initio dentro de las esposas bajo la atenta mirada que con efecto retroactivo le imprime el guardia civil.

Testigos, reos confesos, leguleyos acicalados y presuntos culpables pasean el palmito en esta trémula mañana de febrero por la flamante nueva sede de los juzgados de Charri City apostada en el antiguo cuartel de la Guardia Civil convenientemente remozado, lustrado y puesto al día con ese toque de funcionalidad, mezcla de diseño zen y ahorro presupuestario en decoración de interiores, tan en boga, últimamente, en los modernos edificios administrativos.