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Antes me gustaba ir de tiendas para dar rienda suelta a mi voracidad femenina de coqueta irredenta y, además, me servía de terapia –algo cara, eso sí, pero ¿cuál no lo es?- para quitarme alguna de esas espinitas que me clavan los chicos. Pero, ahora, hay algo más, los probadores de las tiendas de ropa femenina están repletos de hombres acompañando a sus mujeres. Y esa es una ocasión piripintada para echar unos tejos mañaneros entre espejos, olores a desodorantes, gasas y franelas, pies descalzos y aromas de opio o mandarina enlatados.

Uno de los especimenes más abundantes entre esta fauna de hombres que apacienta entre los pasillos y las cortinillas es el chico "yo pasaba por aquí y ésta me ha liado...". Este ejemplar se sienta a desgana en el taburete, le empluman el resto de las bolsas de compras y cuando la doña sale a enseñarse, mira sin mirar y no opina, asiente. Este sosito no contradice las observaciones de su señora: "Me queda flojo" pregunta observando la trigueña de gafas estrechas y culito respingón. "Sí, te queda flojo" contesta el hombre percha, sin añadir nada nuevo. Es del tipo de los que aprovechan para mirar de reojo, con nocturnidad y alevosía, a las otras que se contornean o lucen sus piernas hasta la ingle tratando de ajustarse el forro de la falda, y aguza el oído para escuchar el roce del forro con la piel de la chica canela que acaba de entrar en el probador de al lado.

Luego tenemos al tipo "hombre que todo lo sabe y todo lo entiende"; éste opina con fundamento, tiene criterio propio y sabe con exactitud y sin duda lo que le conviene a su chica. Éste es muy dispuesto, rebusca en la tienda, le trae la talla adecuada de la chaqueta chanel o la blusita que mejor combina con ese "pantalón que tan buena figura te hace", le hace desistir a la rubia de ojos negros de aquel pantalón de tweed que tanto le gustaba: "Sí, muy de moda esta temporada pero, nena, no te sienta, te hace el culo plano". Éste parece que se estudia el Vogue cada nueva temporada y permanece totalmente absorto en modelar "su" personal obra de arte y no pierde el tiempo mirando al resto de damas que pululan ante los espejos hechas un mar de dudas. Sus chicas los miran embelesadas pensando la suerte que han tenido en encontrar un hombre como éste que tan bien las entiende.

Y por último tenemos el tipo que las acompaña y aprovecha para adentrarse en ese universo de intimidad femenina expuesta impúdicamente a los ojos de otras congéneres de esa manera exhibicionista como se sólo se hace en los probadores. Este es un voyeur empedernido, mira dentro del cubil de su hembra, mira fuera a las odaliscas que presumen de ombligo y se suben la camiseta hasta el sostén para terminar de aclararse con el largo de la falda -sí una cuestión de perspectiva, me temo-. Y claro con tales remangues y visiones de refajos, combinaciones y otras lindeces de ropa íntima ellos son felices, recorren el pasillo, se acercan, se alejan para tener la perspectiva adecuada de su chica y de las señoras que se desnudan detrás de esas cortinas mal cerradas. El hombre voyeur está en su mundo y tan a gusto, su vista se eterniza en la duda y en el espacio: "No sé, no me acaba de gustar... A ver, date la vuelta... Súbete la falda a ver..." pero sus ojos se despistan al ver a la sueca de piel nevada que sale del probador con la blusa sin abrochar y el sujetador azul asomando por la ranura. "Pues yo lo veo bien, me gusta, no sé..." intenta aclararse la mujer del lunar en la mejilla. El hombre voyeur recobra el aliento y se centra al escuchar la voz impaciente de su chica: "No sé que te diga... A ver..., casi mejor que te quites los calcetines y ponte los zapatos..." le replica con voz sedosa y perdida al sentir el aliento cálido de la sueca detrás de la nuca.