Benjamín retorcía entre sus dedos afilados una bufanda de listas marrones y grises antes de atropellar con miradas desgarradoras a la mujer deseada. Miraba sin hablar. Farfullaba torpe y a trompicones, repleto de centellas entre los labios.

Gabriel tenía alergia a los metales y un dólar de plata en el bolsillo derecho de su pantalón de pana azul marino. Cada vez que estrechaba la moneda con su mano un sarpullido cenizo infestaba su reluciente piel morena.

Ricardo Fontenla miraba fijamente y de lejos, ausente, de viaje una temporada en el infierno a la búsqueda de las secretas palabras de poeta.

Benito hablaba por los codos sin esconder sus manos callosas y agrietadas, demasiado estropeadas de tanto yeso en las paredes. Cuidaba con tenacidad infantil sus preciados rizos rubios que hacían juego con sus sonrientes ojos azules.