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El sábado eran dos lindas mariposas, que correteaban revoltosas por el pasillo, con las alas color parduzco salpicadas de manchas negras y dos ligeros toques naranjas en la cola –o lo que sea-; eso, sí, estaban lejos de los radiantes ejemplares de aterciopelas alas blancas o vivaces colores. Pero, aún en su sosería eran una novedad. No molestaban. Ahí andaban jugueteando por el pasillo, de la cocina al baño, revoloteando entre los pliegues de las cortinas. Me observaban con gesto paciente desde la tapa del giradiscos, sin perder detalle de mis conferencias telefónicas a larga distancia. La más atrevida enfiló las antenas desde el espejo del baño para clavarme una templada mirada de compasión, mientras me lavaba los dientes.

El domingo por la tarde, parecía que habían convocado al resto de la parentela y que el clan noctua pronuba al completo acudía a la llamada, dispuesto a pasarse una temporada vacacional en este resort fresquito, en primera línea de calle al lado del botánico de mi balcón. Aquel conclave de mariposas ya no era tan gracioso, demasiada gente a mi alrededor: montando guardia en las esquinas, dormitando en el microondas, tres de tertulia en la bañera, y las más viejas a la fresca entre las hojas de la violeta. Movías la almohada y allá saltaba una directa al foco del techo. “Eso sí que no, en mi cama nada, queridas... Lo que faltaba”. Conseguí arrastrarla por los pelos lejos del tálamo, y me enterré en vida durante toda la noche.

El lunes a las nueve, después de una noche de ventanas abiertas tratando de mitigar la calorina, varias legiones acampaban entre mis cositas, y el techo era un nubarrón marrón oscuro cargado de mal fario. Mis sueños de pájaros y otros voladores al acecho dispuestos atacar eran realidad, aquí estaban. Aquella tarde con un arsenal de la OTAN en mis manos: el plumero, el trapo de la cocina, una estrategia planificada a golpe de buscaminas -durante todo el día en el curre-, y mucha alevosía, pasé por las armas a la mayor parte de los lepidópteros.

Ahora tengo el parquet plagado de cadáveres, camino de la cocina al sofá entre crujidos del polvo y esqueletos que se resquebrajan bajo las chinelas. Con lupa analizo los últimos estertores de esta pequeña que me saca la lengua y abre sus ojos azules como platos antes de caer despanzurrada. Y la casa sigue cerrada a cal y canto.