La Hydropithecus tormelensis Fontanus, alias la sirena de Fontcuberta, hallada en el cerro de San Vicente tiene un esqueleto de gran vertebrado, bien formado, con miembros anteriores desarrollados, falanges bien marcadas y el pulgar perfectamente visible es oponible, por lo que se trata de una “mano” realmente capaz de asir objetos.
El cráneo con su frente corta, mentón prominente y garganta próxima a los labios nos indican una posición general del cuerpo apta a la bipedación. Su dentadura es típica de un omnívoro pero sufre un adelgazamiento del esmalte dental, debido probablemente a una malnutrición. Esta carencia alimentaria podría explicar que durante un período de hambruna hubiesen emigrado hacia zonas más meridionales en busca de alimentación más favorable a las orillas del Tormes hace unos 6 millones de años. Todas estas cualidades, junto con las características de la base craneal, le inclinan a pensar que nos hallamos ante el cráneo de un animal muy próximo al homínido de tipo moderno.
Sin embargo, las características de la columna vertebral, que muestra dos curvaturas en lugar de las cuatro existentes en los bípedos humanos, y la morfología de la aleta caudal, que tiene forma de media luna y está articula al resto del cuerpo mediante la columna, le llevan a pensar que se trata de un vertebrado acuático.

Mi sirenita no es un fósil, aunque luce algo esquelética, es cierto; está tan viva como que me parta un rayo ya mismo delante de la TFT. Es más, ahora escucho un glu-glu acompañado de un batir de palmas para jalear la cuatro ranas de la cena —es su forma de dar las gracias, pobre—. Apareció después de las inundaciones del sábado con carita de no haber roto nunca un plato; y aquí lleva cuatro días a cuerpo de reina tirada en la bañera, atiborrándose a pescado –que me está costando un riñón—, sacando lustre a las escamas y cepillándose la melena de ondas espumosas. En las horas muertas, practica el aleteo sin olas y canta con voz de mar de los sargazos teñida de verde caribe. La verdad, me pone el baño hecho una piscina, y yo arrugo el morro a lo “bulldog” mientras seco todo aquello, pero es de mentiras... Mientras retuerzo la fregona tan sólo deseo: “Me embriagaré una noche de cielo negro y bajo para cantar contigo, orilla al mar salado, una canción que deje cenizas en los labios.”