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Mi sirenita no se parece a Daryl Hannah. Es de otra raza, más bien mediterránea, por su piel tostada, el lunar caprichoso en el hombro y sus escamas azul platino como el mar de Ulises.

Después de dos días de jugueteos con el cubo y la palita, de siestas entre algas deshidratadas —que, al fin, encontré tras recorrer todos los herbolarios de la ciudad —, y de atracón diario; su apetito comenzó a desfallecer. Su canción perdió el entusiasmo de las olas contra los acantilados de Pharos. Una música tristona y melancólica sin rumor de orilla, ni vaivén de deseos, brotaba sin cesar de lo más hondo de su cola.

Ni la sal a paladas, ni las raciones extras de algas selectas de las Rías Bajas le arrancaron nuevas sonrisas. Detrás de la puerta entreabierta, escuché sus lamentos de voz oscura: “Una sirena en una bañera... ¡qué triste es tu suerte! Medrosa tirita tu aleta menguada.” Sus escamas cada día más resecas por las tardes de calor de fuego perdieron el brillo de la luna en el mar.

Su corazón ya no duerme, está despierto, despierto, los ojos abiertos, la frente arrugada y la aleta callada. La madrugada refresca a eso de las seis. La campana del convento de Dueñas repica con fuerza. El viento del amanecer trastea con saña la ventana de la salita. Ya no huelo a mar salado; ya no escucho el lamento silencioso: “¡Qué triste es tu suerte!”. En tres pasos estoy en el baño. Mi pie tropieza con el tapón que rodaba hacia la puerta. La bañera está vacía, cerca del agujero de desagüe un diminuto fósil de unos ocho centímetros, un pequeño caballito de mar, descansa entre las ramitas de algas verde arrugado. ¡Qué precioso regalo!