Lo bueno de mi peluquería es que no hay que pedir cita, ni esperar horas de siesta en sofás incómodos ojeando el tipito y los modelazos de las divas del cuché. Es una peluquería colorista en amarillo trigo requemado con listas verdes, azules y rojo inglés en las paredes; con huellas multicolores de la manos de Anita, Pedro, Silvia, Pablo... Los espejos de curvas sinuosas, ondas de mar transparente reflejan nuestros rostros demacrados bajo el pelo recién lavado.

Mi peluquero ronda los cincuenta. Es un tipo apuesto, de ojos verdes, patillas famélicas y dos pelos por perilla. Tiene una lacia melena rubia, bien cuidada, que voltea a un lado y otro con seducción, en agitados lances de manos huesudas, entre tijeretazos y trasquile de mechones. Viste en tonos pasteles: tostados, cremas, azulitos con floja discreción, y calza chancletas para lucir sus pies de dedos proporcionados en escala de sol.

Está empeñado en verme con el pelo cortito. Cada vez que voy, comienza el ataque. Yo me resisto –con lo que me ha costado llegar a mi melenón después de una eternidad con el pelo a lo flapper-: “No guapo, por ahora, no me trasquilas, aunque sea verano y todas las ovejitas hayan repudiado sus lanas merinas”. Frustrado su deseo, acomete el corte de la melena a capas con arranque y precisión de maestro pastelero que no se amilana ante la flacidez del merengue. Clava su mirada en mi cabeza con vehemencia y yo me temo lo peor... Sin titubear, con dominio del instrumento, se lanza en picado sobre los pelos mojados. Yo persisto en mi empeño y le replico una vez más: “No las puntas, sólo las puntas, dos dedos nada más.”