En Amsterdam uno consigue sobrevivir a duras penas a las bandadas de bicicletas pero es imposible sustraerse a la mirada de Vincent en su museo de la Paulus Potterstraat. Sus variopintos autorretratos: con o sin sombrero, con la barba más corta o larga, rubia o rojiza; siempre esa mirada turbadora, inquieta, voraz y obsesiva. Una mirada que se clava y traspasa, huella de esa obsesión que le consumió durante los diez años que Van Gogh dedicó a la pintura, y que le llevó a pintar miles de cuadros, entre pinturas, dibujos y acuarelas; más de doscientos se conservan en el museo de Amsterdam.

Nunca había visto sus cuadros, tan sólo reproducciones en tarjetas o libros. Su fuerza me ha dejado atontada, golpeada, como si un boxeador me hubiese noqueado después de un largo combate de más de dos horas y trece asaltos. He descubierto sus delicados paisajes de inspiración japonesa. Sus amarillos veloces y radiantes, en su barba, en los girasoles, en la casa amarilla, en el campo de trigo, recuerdan el suspirar de fuego que diría Machado, contrastan con el azul profundo y candente de sus cielos y el negro amenazante de los cuervos en el Campo de trigo con cuervos, que transmite la lejana cercanía de la muerte –tal vez la suya, fue pintado el año de su suicidio: 1890-.

La sorpresa de Ámsterdam no fueron sus canales, ni los coffe shops, ni el mercado de las flores, ni su millones de pilotes ocultos entre el fango que sostienen sus centenarios edificios; mi gran sorpresa fue Los comedores de patatas, ese tenebroso cuadro de Van Gogh, desconocido para mí, que recuerda a las pinturas negras de Goya. Sus gestos sombríos, afilados, sus ojos saltones demasiado abiertos que parecen salirse del cuadro y atraparnos en su vida miserable. Comedores de patatas entre las sombras de la noche, devoradores hambrientos como los topillos que, cual plaga bíblica, roen insaciables los campos de patatas de la vieja Castilla.