Es necesaria una buena dosis de imaginación para reconocer en todos esos restos trasquilados, limados por el sol y rayados por el viento, a la ciudad de astutos comerciantes y emprendedores navegantes que llegó a contar con 400.000 habitantes, en sus momentos de máximo esplendor, y que mantuvo en jaque a Roma durante una buena temporadita.
La estación de Cartago-Salambó nos deja cerca de los puertos púnicos. Camino del puerto comercial nos encontramos con la huella del Tophet, el santuario de la diosa Tanit de la que la bella Salammbó —la hija de Amílcar Barca que en la novela de Flaubert enamora a Matho, el general libio que se atrevió a robar el velo de la diosa — era sacerdotisa.

“El palacio se iluminó de pronto en la terraza más alta, la puerta del medio se abrió y una mujer, la misma hija de Amílcar, cubierta de ropas negras, apareció en el umbral... Su cabellera, empolvada con una arena violeta y recogida en forma de torres según la moda de las vírgenes cananeas, la hacía parecer más alta. Trenzas de perlas atadas a las sienes le descendían hasta los extremos de la boca, rosa como una granada entreabierta. Lucía en el pecho un juego de piedras preciosa, que imitaban, por su abigarramiento, las escamas de una morena. Los brazos adornados con diamantes, le salían desnudos de la túnica sin mangas, estrellada con flores rojas sobre un fondo completamente negro. Llevaba entre los tobillos una cadenilla de oro para regularle los andares y su gran capa de púrpura oscuro, cortada de un tejido desconocido, arrastraba detrás de ella, formando a cada paso una gran ola que la seguía.”

“Salammbó estaba invadida por una flaqueza en la que perdía toda conciencia de sí misma. Algo a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses, la forzaba a abandonarse a ella, unas nubes la levantaba y, desfalleciendo, se echó sobre la cama en la melena de león. Matho le agarró los talones, la cadenita de oro se partió y los dos extremos, al volar golpearon la tela como dos víboras que rebotaban. El zaimph cayó, la envolvía; vislumbró el rostro de Matho que se le inclinaba sobre el pecho.
—¡Moloch, me estás quemando!
Y los besos del soldado, más devoradores que las llamas, la recorrían; se sentía como arrastrada en un huracán, prendida por la fuerza del sol.”

Salammbó. Gustave Flaubert.