A medianoche como la cenicienta pero sin carroza y sin zapatitos de cristal, más bien arrastrada por mis maletas, arribo al dulce hogar quince horas después de salir de la bulliciosa Sousse.

El buzón “a rebosá” como los forladys de la canción de Martirio, ¡qué alegría! ¿Alguna postal desde el Tibet de estos novios que bajan a por tabaco y no vuelven? En la primera ojeada en el ascensor la desilusión se implanta en la pata de gallo del ojo derecho, mucha publicidad y ninguna postal, ni el viajante se ha dignado a escribir.

Abro la puerta, y antes de que pueda encender la luz escucho a misombra que corre a gritos por el pasillo

—¿Qué me has traído? —Será egoísta tanto tiempo sin verme, campando a sus anchas, y ni un hola de bienvenida.

—¿Y a mí, a mí qué...? —Me chilla al oído la araña que se ha descolgado veloz desde su telita del rincón.

Suelto la maleta, me quedo muda con cara de Stalin momificado observando como misombra abre nerviosa la bolsa de los regalos, la araña palmotea feliz mientras sube y baja por el hilo plateado y a dúo me cantan: "¡Qué será, será...!"

Misombra está tan encantada con la chilaba roja que carga con todos mis bártulos hasta la habitación, y la araña se ha subido al dátil dispuesta a tragárselo de una sentada. Hogar, dulce hogar.