Me han bastado dos tragos de zumo de naranja de un lunes profesional para despachar toda mi correspondencia aplastada por el peso de los folletos publicitarios: dos cartas del banco que se empeña en ser mi banco, y me encoge el corazón con esos números tozudos que se descuelgan de mi cuenta corriente.
Sin embargo, he necesitado los desayunos de toda la semana para digerir los folletos que atiborraban el buzón. Entre vuelta y vuelta de mantequilla me cuelo en la semana del ahorro de las grandes superficies que lo mismo me ofrecen un cordero a cuartos a precio de entrada de cine que una tele super LCD mega pantalla a 899 € o una motito para mis andanzas por charricity al módico precio de 2290 leandras. Aunque para varietés de cabaret nada como el folleto de LIDL que me tienta con unas preciosas hachas con mango de madera hickory para atizarle en la yugular a mi jefe, unas lechugas iceberg tipo repollo de tono agua marina para mis jornadas de coneja hambrienta, o una moto sierra clásica para ejercer de oficiante en la matanza de Texas y convertir el pisito en la casa de los horrores. ¿Por quién empiezo?